El primitivo juego de la sangre

Este escrito comienza en alguna hora de la tarde del 6 de febrero de 2025, entre las 18:30 y las 19 hrs. Emergen palabras sordas y bipolares, que se contornean frente a mis ojos e invitan  a que se encuentre un momento de paz para plasmarse en esta letra redonda y algo ilegible.

Pequeñas esporas del polvillo levantado en el patio, se pegan en el dulce. Una después de eso desiste de comer una cucharada de dulce de leche. Las caninas se relamen al rededor de mi festín contaminado, se invitan solas a probar un poco de la dulzura artificial y saturada.

En esta tarde en dónde la sangre corre, se coagula y cae; en donde uno se plantea lo mundano que es, momentos de desesperación, amargura, éxtasis, te consumen en pocas horas. Pero la molestia siempre está, la pesadez, la inconformidad de este envase que cambia, muta, se pelea consigo mismo.

Esta sangre que mancha mis labios y piernas, el blanco de la cerámica se tiñe, todo se descontrola y solo queda ese color coagulado, de célula muerta con ese dolor insoportable que te desespera.

Quien no pase por este proceso no entiende el poco control que se puede tener de su carácter.

Lo primitivo, lo voraz, lo asqueroso y natural de este cambio que a más de uno asusta en su ignorancia e incluso perturba a todos ante su ausencia.

Con esa línea bordo amarronada, a veces muy rojiza quiero escribir mis lineas, para ver si me entiendo más. Para ver si me conozco un poco más, porque a muchas nos han cultivado en el desconocimiento y en la desconexión con su cuerpo; un punto clave de esto es la curiosidad por lo propio y lo ajeno, por el tabú y lo ignorantemente normal de lo poco que conocemos.

El rango de dolor y molestia se agranda, pero no soporto la negligencia y lo poco empático. Me perturbo rápido ante un cambio brusco, me desplazo lento por aquello que conozco y me desentiendo de mi cuerpo, me excluyo para soportarme por momentos; conecta con otras partes, los activo y controlo para complacer mi mente y descansar la por un momento.

En la paz de la tarde natural, con sus pichones, juegos, grillos, chicharras, con sus ladridos y risas; es acá que me desentiendo de mi mente abrumada y juego con mis garabatos.

Me olvido de mis rulos por un rato y ya no me importa mi apariencia.

Distanciada, acoplada a la tierra, al fresco que roza mi cuello en el calor húmedo de la tarde. Me dejó, me relajo y ocupo mi llanto en otro lado. Me olvidó del nudo en la garganta que no me deja respirar. Me incómoda, me desespera y solo percibo como el calor sube por mi cuerpo y mi transpiración corre en auxilió para refrescar mi carne.

Enardecida mi piel, rasposa y nula mi voz, el hambre se apodera de mi, pero no me doy cuenta hasta mirar la hora y notar la falta de glucosa.

Me perturbo cíclicamente, como un trauma que se revive a cada momento.  

Concluyo este escrito en algún momento de la tarde entre las 19:30 y las 20 hs.

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