Mi duende se ha empacado y no lo puedo hacer hablar
Me siento abatida, cansad y solo quiero que un río me lleve y abrace en su frialdad y pureza.
Me siento dormida en este plano de gente tan "despierta" y desesperada.
Quiero dormir con el sol en la cara, no escuchar a la creación humana del ruido incesante y saturado.
Quiero un remanso que me acompañe, un vals silencioso que me meza y la tibieza molesta y pegajosa del barro entre mis piernas.
Sumirme en el ruido de mis pensamientos nocturnos, mi cabeza se va lejos, siguiendo esa voz gritona; a veces se calma y me susurra inseguridades.
Duende de la memoria que me abandona, rebelde y embravecido, hace una huelga de silencio; el sabe que no debo esconder todo lo que tengo adentro, tanto que me costo sacarlo de su enojo, ahora se empaca.
Duende de mi rebeldía, juega escondiendo palabras de mi lenguaje, reproduce en susurros momentos vergonzosos y luego corre atrás de una idealización prometedora y poderosa: está mal, está loco.
Mi duende de poca cordura, que solo sigue su intuición (mi intuición), sin mi intensión.
Corretea y caza las ratas de la inseguridad, baldea su habitación humilde, llena de papeles rotos y vinos añejos que nunca abrirá pero que le gusta guardar.
Limpia su lugar, regresa al sedentarismo casi olvidado, remodela su choza de nuevos papeles de un conocimiento olvidado por los apurados de esta sociedad que esconden al pobre duende enojón y tristón, que confinado al exilio, canta baladas irreproducibles en el imaginario colectivo, de esta gran ciudad.
Termina mi creación del día de hoy, el duende amargado e inseguro de sus remodelaciones interrumpe con bostezos mi creatividad efímera.
Lo mece el río que baja por Saldan, un hilo de agua tibia y contaminada que es su refugio actual.
El poeta mancillado, con su alma socavada, exprime las ultimas palabras antes de caer nuevamente en su lectura de una Roma arcaica y en su despiste tecnológico de mensajes que vienen y van.
Ella se va desentendiendo de toda responsabilidad, solo escucha su disco rallado e inútil, pero con un valor inigualable.
Acá termina el delirio de mi duende cansado de tanto bardo.
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