Sombra en mi panteón de Atenas
Una sombra alegre se asoma por los rincones de esta mañana. Dice querer abrasarme, abrigarme en su calor y jugar con mis rulos.
Ella es negra, absorbe todo, dejando tranquila mi conciencia, ella solo me escucha y me acuna, cura mis heridas, seca mis lágrimas, observa mis movimientos: pero no emite palabra.
Yo conozco sus pensamientos, la profundidad de su negrura dice mucho más que un lenguaje vulgar y acotado, ella en su danza emite un mensaje. Ella quiere conocer este rincón de mi hogar, el rincón de mis delirios.
Sombra que ama una amistad serena, protege mis espaldas y reconforta mis pensamientos. Aparece solo cuando mi cuerpo lo demanda, mi espíritu virulento la desea cerca.
Compañera, amiga, madre: me acuna y besa mis ojos, peina mi cuerpo con su pincel de amapolas, lava mi cerebro con sangre de hombre, observa con sus órbitas profundas el espacio que queda, entre mi espíritu y su esfera.
Doy vueltas al rededor de ella, compañera de la infancia, juguetona línea gris del día que ayudó a esa criatura llena de inocencia a ser una piba vivaz y creativa.
Nunca estuve sola, siempre contemplaste desde tu rincón mis vergüenzas, mis juegos, mis llantos.
Sombra amiga que vuelve salvaje a querer aconsejarme, vuelve como si fueras mía, vuelve como si te escaparas del Inframundo, toma mi cuerpo como si fuera un templo en Atenas, tómame con tu sabiduría silenciosa y etérea.
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