Dictadores, jueces, verdugos y testigos del silencio.
Como los conocidos
se desconocen de una hora a la otra,
como desconocidos
parece que se conocen de toda la vida.
Como todo acaba en un momento,
como vive un momento en el eterno elixir del pensamiento,
lugar del caos y éxtasis infinito
donde la película se repite una y otra vez.
Cuando todo se pierde
se gana un vacío,
que para el escritor es carroña,
arcilla para moldear,
barro para ensuciar sus manos
hasta sumergirlas por completo y saciarse de ese ahogo incesante,
intenso que frota nuestra garganta,
caer dentro por completo, emergiendo limpia del amasijo de lagrimas y tierra suelta.
Todos los testigos quedan silenciados con la prosa del escribiente, dictador del punto de vista
(militar de poca monta y mano coqueta, seduce y convence por la fuerza. Cree tener control de tu vista, de tu pensamiento)
Nadie me dicta,
no hay un ser superior charlando con mi voz.
No hay un solo ser que me mueva,
todos son victimas de mi mano,
todos son jueces y abogados de mi letra.
Demonio poseedor de plegaria inédita,
calla al arrogante lector,
silencia su critica abrumante.
Legitimo testigo de la travesía
ve detrás de las cortinas,
espía mi ser,
espía mi desnudez abominable,
secuestra mi momento intimo,
acosa mi plegaria perdida
y me pone de rodillas.
Pago por tu silencio
Cállense y lean.
Comentarios
Publicar un comentario