El naranjero, la oveja y el limón
“Later” la
arrogancia de ese saludo utilizado por Oliver, tan arrogante como tantas otras
palabras que dicen con desdén otros varones, no parecen conocer otra
emoción.
El querer
tener una atención, una energía en la cual proyectar, descubrir a un ser y te
das cuenta que con lo poco que lo conoces te basta para frenar.
La
arrogancia, tanto de la película, como de los humanos de este lugar del mundo,
la urbe que sacude e impregna de frivolidad la naturaleza muerta que vive en
cada piedra. Todo se derrumba, todo cae, todo tambalea.
Tengo y tuve
un pensamiento intrusivo, porque me quería relajar y evadir la frustración. Quise probar un pucho, lo pensé, no lo pregunte, no lo
intente, lo calle. No me iba a servir, yo no necesitaba eso. No necesito lo
toxico que me sopla la cara, solo quería una mirada, una abrazo, una palabra, una mano.
La película
se inunda de emociones que sentí en mi adolescencia al leer el libro, ahora no
siento la tensión que desconocía en ese instante, ahora me siento representada
en esa reproducción. Ahora siento que todo mi cuerpo se mueve y vibra por el movimiento
arrogante de querer la atención de alguien, por querer conocer un ser
interesante, por querer ser un ser interesante. Escribo con el movimiento
vibratorio que invita a mis manos a moverse a una velocidad imprecisa, poco
rítmica y esquizofrénica. Desesperante.
Me desespera
la trama, me pone nerviosa el solo hecho de pensar y saber que todo lo producido
en esa imagen es real en un punto de vista.
Me di cuenta
y me desglosé, mi primer contacto de querer incluirme en el mundo de la
literatura, de la escritura, fue por ese libro. Querer vivir esa experiencia
fue culpa de ese libro, impulsor de pecados, transgresor de mi límite humano,
me sacudió el bocho.
Detesto mucho
a los personajes, me prometí no ser como ellos en ningún instante, alguna vez
lo fui, hoy no. Ellos callan, secretean, murmuran, se miran, no dicen, hacen,
todos saben, pero ellos no.
Lo deje a la
mitad no puedo decir mucho más. La morbosidad que inhalo, para superar el
trauma, culpo a todo aquello que me puso la expectativa más alta, agradeciendo
que esta incoherencia de berborrejo tenga un sentido entre las líneas
insurrectas de cada silaba vomitada, en este espacio en blanco que al contrario
de causarme miedo me invita a que mis dedos se atropellen. Como la oveja negra.
Mis manos
tiemblan, la escena se reprodujo en mi mente una, otra y otra vez. En todas, todo
salía mal. Yo sabía que tenía que ser el martes.
Quiero alejarme
un rato, no sé hasta cuando, de ese mundo. No me gusta, no me gusto el sabor a
miedo que causa la velocidad, nunca más la pienso probar. Me quiero alejar,
pero no puedo siempre vuelve de una forma u otra a golpear las campanas de mis
rulos, a aplastarlos, dejarlos libres y revolucionarios al viento. No me puedo
sacar el sonido de la cabeza. No me puedo sacar el dolor lumbar de mi espalda maltratada
por el sedentarismo.
El calor de
este invierno, soy la representación de este mundo acabado, sin futuro, sin vida,
sin esperanza que vive el día a día, esperando que algo interesante, no
peligroso, mueva todo.
Quiero leer
todo esto en voz alta y que se me escuche.
Ese miércoles
me marco como todo lo que me paso, ya de a poco se va tiñendo de olvido, mi
mente se fuerza para seguir el paso de las semanas que se abarrotan al final
del año, al final del mundo.
Quiero una
cara para ver, no para besar, una cara para observar, acariciar. La inocencia
de esta oración marca mi ser, quiero acariciar de lejos con los ojos y con eso parece bastarme, pero no.
Esa cara no
apareció.
Nadie aun se
ha dejado querer conmigo, a mi forma y deber.
Probar la
dulzura del detalle, la palabra pausada, gritona, el suspiro del naranjero, que
triste mira el árbol que no tiene ni
flor, ni hojas, y parece que se quiere dejar caer. Eso no pasa, el árbol esta
rebosante de polen, listo, esperando las abejas y picaflores, el naranjero está
enfermo y ve lejano y muerto todo su alrededor. El naranjero muere.
Los limones
de mi patio se caen, mis limones prejuiciosos son contados, mi rabia por esa
singular imaginación morbosa, que yo misma cree y el varón manipulador que todo
ha destrozado. Ahora me da asco.
Me quiero
alejar todo eso. ¿Es que acaso no existe algo o alguien que solo pregunte, solo
mire, no critique a otros, hable y no acepte su palabra, ya sea en broma o por
espanto?
Háganse cargo
de su puta palabra.
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