El naranjero, la oveja y el limón

Tuve que parar de ver la película, se tropezaban las ideas, las palabras, las letras. Golpeaban la puerta de mis ojos, queriendo ver la luz de la pantalla. Me senté frente a la hoja en blanco ¿tengo en claro lo que quiero escribir? No tanto, solo tengo en mente todos los sucesos trágicos que se tiñen del mismo rojo del miércoles pasado. Ya tenía un mal presagio.

“Later” la arrogancia de ese saludo utilizado por Oliver, tan arrogante como tantas otras palabras que dicen con desdén otros varones, no parecen conocer otra emoción.

El querer tener una atención, una energía en la cual proyectar, descubrir a un ser y te das cuenta que con lo poco que lo conoces te basta para frenar.

La arrogancia, tanto de la película, como de los humanos de este lugar del mundo, la urbe que sacude e impregna de frivolidad la naturaleza muerta que vive en cada piedra. Todo se derrumba, todo cae, todo tambalea.

Tengo y tuve un pensamiento intrusivo, porque me quería relajar y evadir la frustración. Quise probar un pucho, lo pensé, no lo pregunte, no lo intente, lo calle. No me iba a servir, yo no necesitaba eso. No necesito lo toxico que me sopla la cara, solo quería una mirada, una abrazo, una palabra, una mano.

La película se inunda de emociones que sentí en mi adolescencia al leer el libro, ahora no siento la tensión que desconocía en ese instante, ahora me siento representada en esa reproducción. Ahora siento que todo mi cuerpo se mueve y vibra por el movimiento arrogante de querer la atención de alguien, por querer conocer un ser interesante, por querer ser un ser interesante. Escribo con el movimiento vibratorio que invita a mis manos a moverse a una velocidad imprecisa, poco rítmica y esquizofrénica. Desesperante.

Me desespera la trama, me pone nerviosa el solo hecho de pensar y saber que todo lo producido en esa imagen es real en un punto de vista.

Me di cuenta y me desglosé, mi primer contacto de querer incluirme en el mundo de la literatura, de la escritura, fue por ese libro. Querer vivir esa experiencia fue culpa de ese libro, impulsor de pecados, transgresor de mi límite humano, me sacudió el bocho.

Detesto mucho a los personajes, me prometí no ser como ellos en ningún instante, alguna vez lo fui, hoy no. Ellos callan, secretean, murmuran, se miran, no dicen, hacen, todos saben, pero ellos no.

Lo deje a la mitad no puedo decir mucho más. La morbosidad que inhalo, para superar el trauma, culpo a todo aquello que me puso la expectativa más alta, agradeciendo que esta incoherencia de berborrejo tenga un sentido entre las líneas insurrectas de cada silaba vomitada, en este espacio en blanco que al contrario de causarme miedo me invita a que mis dedos se atropellen. Como la oveja negra.

Mis manos tiemblan, la escena se reprodujo en mi mente una, otra y otra vez. En todas, todo salía mal. Yo sabía que tenía que ser el martes.

Quiero alejarme un rato, no sé hasta cuando, de ese mundo. No me gusta, no me gusto el sabor a miedo que causa la velocidad, nunca más la pienso probar. Me quiero alejar, pero no puedo siempre vuelve de una forma u otra a golpear las campanas de mis rulos, a aplastarlos, dejarlos libres y revolucionarios al viento. No me puedo sacar el sonido de la cabeza. No me puedo sacar el dolor lumbar de mi espalda maltratada por el sedentarismo.

El calor de este invierno, soy la representación de este mundo acabado, sin futuro, sin vida, sin esperanza que vive el día a día, esperando que algo interesante, no peligroso, mueva todo.

Quiero leer todo esto en voz alta y que se me escuche.

Ese miércoles me marco como todo lo que me paso, ya de a poco se va tiñendo de olvido, mi mente se fuerza para seguir el paso de las semanas que se abarrotan al final del año, al final del mundo.

Quiero una cara para ver, no para besar, una cara para observar, acariciar. La inocencia de esta oración marca mi ser, quiero acariciar de lejos con los ojos y con eso parece bastarme, pero no.

Esa cara no apareció.

Nadie aun se ha dejado querer conmigo, a mi forma y deber.

Probar la dulzura del detalle, la palabra pausada, gritona, el suspiro del naranjero, que triste mira el árbol que no tiene ni flor, ni hojas, y parece que se quiere dejar caer. Eso no pasa, el árbol esta rebosante de polen, listo, esperando las abejas y picaflores, el naranjero está enfermo y ve lejano y muerto todo su alrededor. El naranjero muere.

Los limones de mi patio se caen, mis limones prejuiciosos son contados, mi rabia por esa singular imaginación morbosa, que yo misma cree y el varón manipulador que todo ha destrozado. Ahora me da asco.

Me quiero alejar todo eso. ¿Es que acaso no existe algo o alguien que solo pregunte, solo mire, no critique a otros, hable y no acepte su palabra, ya sea en broma o por espanto?

Háganse cargo de su puta palabra.

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